La crisis y sus circunstancias


QUÉ tendrá que ver el atún con el betún? ¿Y el serrín con el pan rallado? Más o menos lo mismo que tiene que ver el triunfo por los pelos contra los italianos con la arriesgada presunción de haber superado a Italia en renta per cápita. En los tres casos se comete lo que los lógicos llaman la falacia del accidente, es decir, el establecimiento de una comparación sin fundamento o que sencillamente no viene al caso. Para los medios de comunicación oficiales u oficialistas, cualquier disculpa es buena si alivia el bochorno del Gobierno por tener que tragarse —tarde y mal— sus optimistas predicciones económicas y su empeño en negar insistentemente la existencia de una crisis notoria. Por eso, todos a una, han acudido a la metáfora del fútbol para desdibujar los amenazadores contornos de la situación económica.

La crisis es la revancha de la realidad frente una retórica cuya superficialidad e infantilismo se hace cada día más patente. Cuando la balanza se inclina demasiado hacia un lado, no tarda en llegar el contragolpe. Con aparente suavidad, Zapatero ha abusado de la privilegiada posición que tenía ante la opinión pública a lo largo de su primera legislatura. Ha presentado sus ocurrencias como evidencias, y ha girado —imperturbable— 180 grados cuando sus políticas han arrojado un resultado negativo que estaba cantado. Todo, o casi todo, se le consintió. Pero ese cuadrienio de gracia se ha acabado. Las cifras del paro, del coste de la vida y del frenazo económico general están a la vista de todos. Puede suceder incluso que el desorientado PP retome sus responsabilidades como oposición y nos dé alguna sorpresa electoral.

El actual intento de ocultación consiste en tapar la incompetencia en la gestión económica con el radicalismo en cuestiones éticas y religiosas. Es lo que anuncia el PSOE para su próximo congreso. Sus escribidores reeditan manidos ataques a la Iglesia católica con argumentos de una simpleza apabullante.

Apelan al emotivismo en defensa de los más débiles, mientras que se muestran implacables con seres humanos indefensos por encontrarse al comienzo o al final de su vida. Pero también en este caso tropezarán pronto con los límites invulnerables del ethos social. Uno de los tópicos más visitados últimamente consiste en presentar al cristianismo como defensor del sufrimiento. Cuando resulta patente que quienes han gastado su vida en el alivio de los que más sufren han sido las misioneras de la Madre Teresa de Calcuta, mientras que los presuntos progresistas llevan mucho tiempo sin acercarse a un miserable de este mundo.

Tampoco les va a temblar la mano cuando llegue el momento de reenviar a los inmigrantes, despedir a los empleados o congelar el salario de los trabajadores. A la hora de endosar el coste de sus devaneos a los más débiles sí que se atienen al principio de realidad que rige en una sociedad implacable.

A la vista de la extensión de la crisis y de su repercusión en el hambre pura y simple de los marginados, ¿qué van a decir ahora los apologistas de la globalización? Desgraciadamente, teníamos razón los que decíamos, frente al escándalo general, que la mundialización —tal como está planteada— sólo puede conducir a ahondar las diferencias entre los consumistas desaforados y los menesterosos que carecen de lo más imprescindible. En lo referente al endurecimiento del corazón, en eso sí, nos hemos puesto a la altura de los más avanzados, y seguramente hemos sobrepasado a un país como Italia, que tan claramente nos supera en ciencia, cultura y tecnología. ¡Cuánta razón vuelve a tener Ortega al destacar el extremismo morboso de los españoles en la adopción de actitudes que parecen nuevas y son delirantes!

Las crisis son coyunturas propicias para una clarificación que se consigue frecuentemente a un precio demasiado alto. No me cuento entre quienes —con mentalidad revolucionaria o contrarrevolucionaria— proclaman que tanto mejor nos irá cuanto peor nos vaya. Pienso, por el contrario, que el bien sólo se alcanza a través de los bienes. Pero en ocasiones resulta que lo bueno sólo se descubre, con asombro y sorpresa, en una revuelta del camino.

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