Claroscuros de Calcuta

fuck (follar) en la BBC, escribió el libreto de una revista musical, Oh! Calcutta!, pronto convertida en uno de los más grandes éxitos de la escena británica.

Aunque en el collage pergeñado -con bastante gracia- por Tynan había textos de, entre otros, Samuel Beckett y John Lennon, la notoriedad del espectáculo se debió a sus desnudos integrales y constantes, motivo de un escándalo puritano que prosiguió en los primeros años setenta, mientras seguían también las largas colas para comprar sus entradas, casi todas de reventa, en el West End londinense. Nada hindú había en la obra, ni siquiera el título, que, después de leer algunas cábalas retorcidas, el propio Tynan tuvo que explicar: se trataba de un retruécano a partir de un lienzo del pintor surrealista francés Clovis Trouille donde se muestran de modo prominente las nalgas de su modelo, y que Trouille llamó Quel cul t’as (Qué culo tienes).

Oh! Calcutta! no llegó a los teatros de Calcuta, y en la imaginación de los viajeros occidentales que aman la India, la capital bengalí continuó siendo “la ciudad de la noche espantosa”, como la calificó Rudyard Kipling en una serie de artículos periodísticos enviados tras una breve estancia, mientras se alojaba en el Great Eastern Hotel, imponente edificio de gran solera decimonónica cerrado ahora por trabajos de renovación. La dimensión gigantesca y apelmazada de la urbe, su población, calculada en 14 millones dentro de su área metropolitana, pero seguramente incalculable en términos reales, la pobreza de la mayoría, el rastro de las enfermedades, la situaban ya en el siglo XIX, cuando era la capital colonial de los británicos en la India, como uno de los jalones que, al lado de Pekín, “llevan al camino de la revolución mundial”, según el dicho, seguramente apócrifo, de Lenin.

La revolución no ha estallado en Bengala (y ya vimos los efectos letales de la que sí estalló en China), a pesar de su larga tradición reivindicativa y sus conflictos armados, miles de personas duermen al aire libre cada noche en el centro de la ciudad, y el claxon de su cerca de un millón de taxis es la señal acústica de mayor resonancia. Aun así, Calcuta no resulta más densa ni abigarrada ni sucia ni cruda que otras ciudades asiáticas presentes en las rutas turísticas, poseyendo para mi gusto unas hechuras y una atmósfera de gran capital atractiva, inquieta y -a su modo arrollador- cosmopolita. Nunca la llamaría ciudad de la alegría, como Dominique Lapierre en su tópico libro, pero a mí me sedujo desde el primer momento.

Calcuta (hoy rebautizada nacionalmente como Kolkata) fue una completa creación de los británicos, y por ello es la megaciudad de la India donde más destacan el rastro del colonizador y la ausencia de edificios notables anteriores al siglo XVIII, época en que empezó a prosperar, siguiendo los intereses comerciales de la Compañía de las Indias Orientales y los vaivenes políticos del Raj o Gobierno colonial. Al principio sólo había allí tres aldeas (una de ellas, Kalikata, proporcionó el nombre) y un gran río, el Hooghly (Hugli en español), que sigue majestuoso y no muy claro de aguas atravesando la ciudad y dividiéndola en dos mitades, más que separadas, opuestas. La orilla izquierda es la que no se visita, aunque el viajero que llegue en tren es la primera que pisará, y las zonas importantes de la rive droite se extienden todas en torno al gran parque conocido como el Maidan, donde está, camuflado para el viandante al ser hoy de uso gubernamental, el antiguo Fuerte William de las tropas inglesas.

Mirador hacia el río

El Fuerte, los placenteros campos de hierba del parque, llenos los domingos de jugadores nativos de cricket, el grandioso pero relamido Memorial de la Reina Victoria, y una buena parte de la ciudad son, sin embargo, abarcables para quien, pidiendo el preceptivo y asequible permiso, suba a lo alto del monumento a Ochterlony, una columna de 48 metros de altura que ha perdido el nombre del prohombre en cuya memoria la erigieron los ocupantes en 1828, llamándose ahora Minarete de Shahid. Como casi todo en Calcuta, su estilo es occidental, aunque tiene unos motivos turcos y hasta egipcios que lo hacen muy singular. Desde el mirador del minarete hay buenas vistas del río, de la fea catedral neogótica de San Pablo y del céntrico barrio situado entre Chowringhee y Park Street, donde están los centros de ocio, los mejores restaurantes y la mayoría de los hoteles recomendables.

Al noreste del Maidan se halla otra de las zonas más vivas de la ciudad, alrededor de la gran plaza Dalhousie, donde destaca el bonito mamotreto victoriano del Writer’s Building, que, pese a su nombre, no alberga salones literarios ni bibliotecas, sino sedes administrativas del Gobierno bengalí. Andando o en rickshaw (en Calcuta, pese a la prohibición estatal, quedan muchos acarreados a pie por sus conductores), el paseante puede desde allí acercarse a las animadísimas calles lindantes con la universidad (repletas de puestos de venta de libros viejos) y al palacio de Mármol, la joya arquitectónica de la ciudad.

Este palacio, construido en 1835 por un magnate local, Raja Rajendra Mullick, se me antoja como la réplica anglo-india a la fantasía indo-china del Pabellón Real de Brighton, mandado edificar 20 años antes por el príncipe regente de Inglaterra y futuro rey Jorge IV.

Igual de extravagante, aunque menos refinado que el de Brighton (obra, al fin y al cabo, de un gran arquitecto, John Nash), el palacio de Mármol de Calcuta revela el sueño mundano y acaparador de un Ciudadano Kane bengalí que desde adolescente viajó por toda Europa comprando -a veces se diría que al peso- toneladas de objetos artísticos: mesas de lapislázuli, aceros toledanos, espejos rococó, lámparas de Murano y pinturas, infinidad de pinturas, algunas firmadas por Reynolds y Rubens. Todo ese bric-à-brac se amontona en estancias muy imponentes aireadas por patios que siguen el modelo doméstico hindú, y el conjunto formado por la mansión, los jardines y el pequeño zoo se visita sin que perdamos nunca de vista que aquello sigue siendo la residencia de los Mullick.

Los Tagore

Muy cerca del palacio de Mármol merece la pena echar al menos una ojeada a la casa familiar de los Tagore, toda una institución política y cultural muy determinante en el llamado Renacimiento de Bengala. El abuelo de Rabindranath fue el iniciador de lo que podríamos calificar de capitalismo nacionalista ilustrado, pero es evidente que el surco de reforma social y renovación artística (tanto literaria como musical) dejado por el premio Nobel del año 1913 fue duradero, llegando su influjo hasta otra de las grandes figuras de la cultura bengalí del siglo XX, el director de cine y novelista Satyajit Ray. Ray es uno de los grandes cineastas de la historia, si bien conviene señalar que, mucho antes del nacimiento de Bollywood y sus filiales regionales, Calcuta fue centro de producción y escenario de numerosas películas de calidad, no sólo de Ray, sino también de otros muy interesantes directores bengalíes como Mrinal Sen, Buddhadeb Dasgupta o Shyam Benegal. El cine sigue siendo importante en el Estado, y al sur de Chowringhee llama la atención el gran complejo que acoge la escuela de cine y la cinemateca. Por otro lado, Calcuta tiene seguramente el mejor museo de arte del continente, el Museo Indio, destartalado edificio cuya planta baja ofrece una apabullante colección de esculturas de las distintas fases y regiones del país.

Los ingleses abandonaron Calcuta a su suerte en 1911, cuando la capitalidad del Raj fue trasladada a Delhi. De entonces data, según los más nost]
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