
Teresa, como todos los santos, es de todos y marca una vía de unidad
Siempre he admirado a Teresa de Calcuta por su obra a favor de los más desfavorecidos y por su cordialidad y fidelidad a las instituciones eclesiales desde Pío XII hasta Juan Pablo II con quien además mantuvo una buena amistad.
Esta santa mujer, que quería ser un lápiz en las manos de Dios, rompe una tendencia a menudo establecida en la Iglesia que señala que no es compatible una pastoral a favor de los más necesitados con la estructura actual de nuestra jerarquía eclesial y que no se puede compaginar el Vaticano, la curia romana y sus normas con un trabajo en favor de los necesitados.
Algunos tienen un problema de comunicación y aceptación de aquello que Teresa de Calcuta ha sabido combinar y complementar durante su vida.
Esta tendencia que no puede o no quiere ligar el testimonio de vida cristiana con las estructuras actuales de nuestra Iglesia, tiene muchas otras manifestaciones.
A menudo me doy cuenta que muchos cristianos circunscriben sus vivencias de fe en espacios reducidos y controlados por unos cuantos líderes, olvidando la globalidad eclesial y que el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, ha estado confiado solo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo (DV-10).
Muchos buscan su Jesucristo en un evangelio leído e interpretado a su manera, ignorando lo que tiene el oficio de la interpretación auténtica de la palabra de Dios. El resultado es una fe que se convierte en una ideología que será muy respetable, pero solo una ideología y por tanto caduca.
La creencia que en el evangelio hay las verdaderas fuentes y que la Iglesia estructural adultera el mensaje se ha extendido a bastantes comunidades de nuestro entorno con la consiguiente desunión de los católicos.
No se trata de una actitud fruto de una pluralidad que forma un conjunto sino un conjunto tristemente separado por grupos y comunidades tribales que buscan más sus propias finalidades que el bien común de la Iglesia universal.
Todos creemos tener a Jesucristo a nuestro lado, pero actuamos como en un supermercado cogiendo solo la doctrina que deseamos y dejando aquella que quizás es más conveniente. A veces solo predicamos parte de un mensaje, el más adecuado a nuestra manera de ser y recortamos aquello que es políticamente no correcto o bien nos desmarca de nuestro entorno más próximo.
¿Cuántos amigos o asociaciones cristianas silencian aspectos esenciales de la doctrina de la Iglesia por miedo a perder el favor del entorno, de las administraciones y de las corrientes políticas actuales?
Sería bueno colaborar entre todos y a todos los niveles para restablecer la unidad en la comunidad cristiana católica de forma visible y por el bien de todos los creyentes.
Si además somos pocos en la viña, ¿no sería mejor ir todos a una?